Preguntas Frecuentes

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Es normal que los niños se distraigan, tengan mucha energía o actúen impulsivamente en determinados momentos. Sin embargo, puede ser conveniente consultar con un profesional cuando estas dificultades son frecuentes, intensas y afectan de manera clara a su vida diaria: en casa, en el colegio, con los amigos o en actividades habituales.

Algunas señales que pueden llamar la atención son:

  • Le cuesta mantener la atención en tareas, explicaciones o juegos que requieren concentración.
  • Parece no escuchar cuando se le habla directamente o necesita muchas repeticiones.
  • Deja actividades sin terminar, pierde objetos con frecuencia u olvida instrucciones sencillas.
  • Tiene dificultades para organizarse, empezar los deberes o mantener una rutina.
  • Se mueve continuamente, le cuesta permanecer sentado o parece estar “siempre en marcha”.
  • Interrumpe, responde antes de tiempo, le cuesta esperar turnos o actúa sin pensar en las consecuencias.
  • En el colegio se observan dificultades de rendimiento, comportamiento o adaptación que no se explican solo por falta de esfuerzo.

Estas señales, por sí solas, no significan que exista TDAH. Pueden estar relacionadas con el momento evolutivo del niño, dificultades de aprendizaje, ansiedad, problemas de sueño, situaciones familiares o escolares complejas u otras causas que conviene valorar. Además, no todos los niños con TDAH son hiperactivos: algunos presentan principalmente dificultades de atención y pueden pasar más desapercibidos.

Por eso, el diagnóstico no se realiza con una única prueba ni a partir de una impresión rápida. Requiere una valoración clínica completa, teniendo en cuenta la historia del niño, su desarrollo, el entorno familiar y escolar, la información de padres y profesores y, cuando procede, pruebas psicológicas y neuropsicológicas. Las dificultades deben aparecer en más de un contexto y tener un impacto real en su bienestar, aprendizaje o relaciones.

En Vita realizamos evaluaciones individualizadas para comprender qué está ocurriendo, diferenciar el TDAH de otras posibles dificultades y ofrecer a cada familia una orientación clara y útil. El objetivo no es poner una etiqueta, sino entender al niño, identificar sus necesidades y ayudarle a desarrollar herramientas para avanzar con mayor seguridad y bienestar.

A veces un niño parece distraído, baja su rendimiento escolar, evita los deberes o se muestra inquieto. Estas señales pueden hacer pensar en TDAH, ansiedad o dificultades de aprendizaje, pero no significan necesariamente lo mismo. Aunque pueden parecerse desde fuera, tienen causas y necesidades de apoyo diferentes.

El TDAH se relaciona principalmente con dificultades persistentes de atención, impulsividad y, en algunos casos, exceso de actividad. El niño puede saber hacer una tarea, pero le cuesta organizarse, mantenerse concentrado, terminarla, controlar impulsos o seguir instrucciones de varios pasos.

La ansiedad puede hacer que un niño esté preocupado, irritable, perfeccionista, triste o con miedo a equivocarse. A veces parece distraído, pero no porque no pueda atender, sino porque está pendiente de sus preocupaciones. También puede evitar ir al colegio, tener dolores de barriga o cabeza frecuentes, dificultades para dormir o una necesidad constante de seguridad.

Las dificultades de aprendizaje afectan de forma más específica a áreas como la lectura, la escritura, el cálculo, la comprensión lectora o la expresión escrita. En estos casos, el niño puede esforzarse mucho y aun así tener problemas concretos para aprender determinadas habilidades académicas. No es falta de inteligencia ni falta de ganas: necesita una forma de enseñanza y apoyo adaptada a sus necesidades.

Además, estas situaciones pueden aparecer juntas. Un niño con una dificultad de aprendizaje puede acabar desarrollando ansiedad por sentirse incapaz o por acumular frustración. Un niño con TDAH puede tener bajo rendimiento escolar porque le cuesta sostener la atención, aunque comprenda bien los contenidos. Por eso no conviene sacar conclusiones rápidas ni atribuir todo a “falta de esfuerzo”.

En Vita realizamos una valoración individualizada para comprender qué está ocurriendo realmente, distinguir entre las distintas posibilidades y orientar a la familia y al colegio. El objetivo es identificar las necesidades del niño cuanto antes y ofrecerle herramientas que le ayuden a aprender, sentirse mejor y recuperar confianza en sí mismo.

Una evaluación neuropsicológica puede ser recomendable cuando un niño o adolescente presenta dificultades persistentes en el aprendizaje, la atención, la conducta, la memoria, el lenguaje, la organización o la adaptación escolar y familiar.

Conviene valorarla especialmente cuando se observan situaciones como estas:

  • Le cuesta mucho concentrarse, seguir explicaciones o terminar tareas.
  • Tiene un rendimiento escolar inferior al esperado pese a esforzarse.
  • Presenta dificultades importantes en lectura, escritura, cálculo o comprensión.
  • Olvida con frecuencia instrucciones, materiales o contenidos que acaba de aprender.
  • Se muestra muy impulsivo, inquieto o desorganizado.
  • Tiene problemas para planificar, estudiar, gestionar el tiempo o preparar exámenes.
  • Existen dudas sobre TDAH, dislexia, dificultades de aprendizaje, altas capacidades, ansiedad u otras situaciones que pueden afectar a su funcionamiento diario.
  • Ha habido cambios relevantes en su comportamiento, rendimiento o forma de relacionarse.

La evaluación no consiste simplemente en “hacer unos test”. Es un proceso completo que permite comprender cómo está funcionando el niño en áreas como la atención, la memoria, el lenguaje, las funciones ejecutivas, el razonamiento, la lectura, la escritura, el cálculo y la regulación emocional.

Su finalidad no es etiquetar, sino entender qué está ocurriendo. A partir de esa información, se puede orientar mejor a la familia, al colegio y al propio niño, proponiendo apoyos realistas y adaptados a sus necesidades.

En Vita realizamos evaluaciones individualizadas, combinando entrevistas, recogida de información familiar y escolar, pruebas específicas y una devolución clara de resultados. El objetivo es ofrecer una respuesta útil: saber qué dificultades existen, cuáles son sus fortalezas y qué pasos pueden ayudarle a avanzar con mayor seguridad y bienestar.

La adolescencia es una etapa de muchos cambios: académicos, sociales, familiares, físicos y emocionales. Es normal que en algunos momentos aparezcan preocupaciones, inseguridad o nerviosismo. Sin embargo, conviene prestar atención cuando la ansiedad es intensa, se mantiene en el tiempo o empieza a afectar de forma clara a su vida diaria.

Algunas señales que pueden indicar que un adolescente está viviendo un nivel importante de ansiedad son:

  • Preocupación constante por los estudios, el futuro, la imagen, las relaciones o la opinión de los demás.
  • Irritabilidad, cambios de humor frecuentes o enfados aparentemente desproporcionados.
  • Dificultad para concentrarse, estudiar o tomar decisiones.
  • Problemas de sueño: le cuesta dormirse, se despierta durante la noche o está muy cansado durante el día.
  • Evita ir al colegio, quedar con amigos, hablar en público, hacer exámenes o enfrentarse a determinadas situaciones.
  • Dolores de cabeza, molestias de estómago, sensación de falta de aire, palpitaciones, tensión muscular o cansancio sin una causa médica clara.
  • Necesidad constante de comprobar, preguntar o buscar seguridad.
  • Miedo intenso a equivocarse, perfeccionismo o sensación de no ser suficiente.
  • Aislamiento, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba o tendencia a pasar mucho tiempo encerrado.
  • Uso excesivo del móvil, videojuegos, redes sociales o pantallas como forma de evitar preocupaciones o desconectar.

En algunos adolescentes, la ansiedad no se presenta como tristeza o miedo evidente. Puede aparecer como enfado, apatía, bajo rendimiento escolar, conflictos familiares o una actitud aparentemente desafiante. Por eso es importante mirar más allá de la conducta y tratar de comprender qué puede estar ocurriendo.

Conviene consultar con un profesional cuando estas señales duran varias semanas, aumentan de intensidad o afectan al descanso, los estudios, las relaciones, la alimentación o el bienestar general del adolescente. Pedir ayuda a tiempo puede evitar que el malestar se cronifique y permite ofrecer herramientas concretas para manejar las preocupaciones, recuperar seguridad y afrontar esta etapa con mayor equilibrio.

En Vita acompañamos a adolescentes y familias desde una perspectiva cercana e individualizada. El objetivo es comprender el origen del malestar, fortalecer sus recursos personales y ayudarles a recuperar tranquilidad, confianza y capacidad para afrontar sus retos cotidianos.

Es bastante frecuente que un adolescente no quiera acudir al psicólogo, especialmente si siente que la decisión se ha tomado por él, teme ser juzgado o piensa que ir a terapia significa que “tiene un problema”. La forma de plantearlo puede marcar una gran diferencia.

Lo primero es intentar hablar desde la calma y la escucha, no desde el reproche. En lugar de decirle “tienes que ir porque estás fatal” o “necesitas que alguien te arregle”, suele ayudar más explicar que pedir apoyo no es un castigo ni una señal de debilidad. Es un espacio confidencial para entender mejor lo que le está pasando y encontrar herramientas que le ayuden a sentirse mejor.

Puede ser útil transmitirle mensajes como estos: “No queremos obligarte a contar nada que no quieras”, “No tienes que estar de acuerdo con todo desde el primer día” o “Podemos probar una primera sesión y después vemos cómo te has sentido”. A veces aceptar una primera entrevista sin compromiso reduce mucho la resistencia.

También conviene evitar convertir cada conversación en un interrogatorio. Muchos adolescentes se cierran cuando sienten presión o cuando perciben que los adultos solo hablan de notas, conducta, móvil o problemas. Es preferible elegir un momento tranquilo, hablar de forma breve y concreta y mostrar interés real por cómo está viviendo él la situación.

Es importante explicar que el psicólogo no está para ponerse de parte de los padres ni para obligarle a hacer cosas. Su función es escuchar, comprender y ayudarle a manejar aquello que le preocupa: ansiedad, conflictos, inseguridad, dificultades con amigos, presión académica, tristeza, enfados o problemas familiares.

En algunos casos, aunque el adolescente no quiera acudir inicialmente, puede ser recomendable que los padres tengan primero una sesión de orientación. Esto permite comprender mejor la situación, recibir pautas para casa y valorar la manera más adecuada de proponerle ayuda.

En Vita trabajamos con adolescentes y familias desde una perspectiva cercana, respetuosa y sin juicios. El objetivo no es obligar al adolescente a hablar, sino crear un espacio de confianza en el que pueda sentirse comprendido y avanzar a su ritmo.

Cuando el caso requiera valoración médica, farmacológica o coordinación multidisciplinar, trabajamos en colaboración con neuropediatras, psiquiatras infantiles y otros profesionales sanitarios.

Un informe psicológico para el colegio debe ayudar a comprender mejor las necesidades del alumno y orientar medidas concretas de apoyo. No consiste solo en comunicar un diagnóstico: debe traducir la información clínica en recomendaciones útiles para el aula, la familia y el propio estudiante.

De forma general, un buen informe suele incluir:

  • Motivo de la evaluación: qué dificultades se han observado y por qué se solicita la valoración.
  • Información relevante sobre el alumno: aspectos de su desarrollo, trayectoria escolar, contexto familiar y evolución de las dificultades.
  • Procedimiento de evaluación: entrevistas realizadas, información aportada por la familia y el centro, observación y pruebas aplicadas cuando proceda.
  • Resultados principales: explicación clara de las áreas valoradas, como atención, memoria, funciones ejecutivas, aprendizaje, lenguaje, regulación emocional o conducta.
  • Conclusiones clínicas: formuladas con prudencia y de manera comprensible, indicando si existen dificultades de atención, ansiedad, problemas de aprendizaje, necesidades emocionales u otras circunstancias relevantes.
  • Fortalezas del alumno: capacidades, intereses y recursos personales que pueden ayudarle a progresar.
  • Recomendaciones para el colegio: medidas concretas y realistas, adaptadas a las necesidades del alumno. Por ejemplo, más tiempo en exámenes, instrucciones por pasos, apoyo en organización, reducción de distractores, revisión de agenda, adaptación de tareas o coordinación con la familia.
  • Orientaciones para la familia: pautas para acompañar al niño o adolescente sin aumentar la presión ni convertir cada tarde en una batalla campal.
  • Necesidad de seguimiento: cuando sea conveniente, propuestas de revisión, intervención psicológica, apoyo educativo o coordinación con otros profesionales.

El informe debe ser claro, respetuoso y proporcionado. No debe etiquetar al alumno ni convertir sus dificultades en su identidad. Su objetivo es facilitar que el colegio comprenda qué necesita, cómo puede ayudarle y qué medidas pueden favorecer su bienestar y aprendizaje.

También es importante cuidar la confidencialidad. El colegio solo debe recibir la información necesaria para apoyar adecuadamente al alumno. Los detalles clínicos o familiares que no sean relevantes para la intervención educativa no tienen por qué incluirse.

En Vita elaboramos informes psicológicos individualizados, rigurosos y comprensibles para familias y centros educativos. Buscamos que cada informe sea una herramienta práctica de coordinación y apoyo, no un documento que se queda olvidado en un cajón.

Cuando el caso requiera valoración médica, farmacológica o coordinación multidisciplinar, trabajamos en colaboración con neuropediatras, psiquiatras infantiles y otros profesionales sanitarios.

La dislexia es una dificultad específica del aprendizaje que afecta principalmente a la lectura y la escritura. No tiene relación con la inteligencia ni con la falta de esfuerzo. Un niño con dislexia puede ser creativo, razonador y tener buenas capacidades, pero necesitar más tiempo y apoyo para leer, escribir o automatizar determinadas tareas escolares.

Las señales pueden variar según la edad y no todos los niños las presentan de la misma manera.

En Educación Infantil

En estas edades no suele hacerse un diagnóstico definitivo, pero pueden aparecer algunas señales de riesgo:

  • Dificultad para aprender rimas, canciones o juegos de palabras.
  • Problemas para reconocer sonidos dentro de las palabras.
  • Confusión al nombrar colores, letras, números o días de la semana.
  • Dificultad para aprender las letras de su nombre o asociar letras y sonidos.
  • Desarrollo del lenguaje algo más lento o problemas para pronunciar palabras largas.
  • Dificultad para recordar secuencias, como los días de la semana o instrucciones sencillas.

En los primeros cursos de Primaria

Es cuando suelen hacerse más visibles las dificultades relacionadas con la lectura y la escritura:

  • Aprende a leer más lentamente que otros niños de su edad.
  • Lee de forma silábica, con muchos cortes, errores o necesidad de repetir.
  • Confunde letras o sonidos parecidos, como b/d, p/q, m/n o f/t.
  • Omite, añade o cambia letras y sílabas al leer o escribir.
  • Tiene dificultades para copiar de la pizarra o escribir palabras que conoce.
  • Le cuesta entender lo que lee porque necesita concentrarse mucho en descifrar las palabras.
  • Evita leer en voz alta o muestra frustración ante los deberes.

En los últimos cursos de Primaria y Secundaria

Con el tiempo, algunos adolescentes leen correctamente, pero siguen teniendo dificultades de fluidez, comprensión, ortografía y estudio:

  • Lectura lenta, cansada o con esfuerzo excesivo.
  • Problemas para resumir textos, extraer ideas principales o comprender enunciados largos.
  • Errores frecuentes de ortografía, incluso en palabras conocidas.
  • Dificultad para organizar redacciones, apuntes o trabajos escritos.
  • Mayor tiempo para estudiar, preparar exámenes o completar tareas.
  • Problemas para memorizar vocabulario, fechas, listas o fórmulas.
  • Baja autoestima académica, sensación de “ser menos capaz” o rechazo hacia determinadas asignaturas.

Estas señales no permiten diagnosticar por sí solas una dislexia. Algunas dificultades pueden deberse a falta de madurez, problemas de atención, ansiedad, escasa práctica lectora u otras necesidades de aprendizaje. Por eso es importante realizar una valoración completa antes de sacar conclusiones.

En Vita realizamos evaluaciones individualizadas para comprender qué está ocurriendo, diferenciar una posible dislexia de otras dificultades y orientar a la familia y al colegio. El objetivo es detectar las necesidades cuanto antes y ofrecer apoyos concretos para que el niño o adolescente pueda aprender con más seguridad, confianza y bienestar.

 

Las altas capacidades no significan únicamente “sacar muy buenas notas” ni tener facilidad en todas las asignaturas. Algunos niños y adolescentes con altas capacidades destacan claramente en determinadas áreas, mientras que otros pueden pasar más desapercibidos, especialmente cuando se aburren, se desmotivan, tienen dificultades de atención o sienten miedo a equivocarse.

Algunas señales que pueden llamar la atención son:

  • Aprende con rapidez y necesita menos repeticiones para comprender contenidos nuevos.
  • Hace preguntas profundas, poco habituales para su edad o muestra gran curiosidad por temas concretos.
  • Tiene un vocabulario amplio, facilidad para expresarse o interés temprano por la lectura.
  • Relaciona ideas con facilidad, detecta patrones y busca explicaciones complejas.
  • Se aburre con tareas repetitivas o pierde interés cuando el ritmo de clase le resulta demasiado lento.
  • Muestra una gran intensidad emocional, sensibilidad ante las injusticias o preocupación por temas sociales, éticos o existenciales.
  • Tiene intereses muy intensos y profundos, a veces distintos de los de otros niños de su edad.
  • Puede ser perfeccionista, exigente consigo mismo o frustrarse mucho cuando algo no le sale como esperaba.
  • En algunos casos, presenta dificultades para encajar socialmente o prefiere relacionarse con niños mayores o adultos.

También conviene recordar que no todos los alumnos con altas capacidades destacan académicamente. Algunos bajan el rendimiento por falta de motivación, dificultades emocionales, problemas de organización o porque han aprendido a pasar desapercibidos. Por eso, una valoración adecuada debe mirar al niño en su conjunto: capacidades cognitivas, creatividad, motivación, personalidad, aprendizaje y adaptación emocional y social.

Acompañar bien a un niño con altas capacidades no consiste en exigirle más o llenar su agenda de actividades. Consiste en ofrecerle retos adecuados, respetar su ritmo, ayudarle a tolerar el error y cuidar su bienestar emocional. Necesita sentirse comprendido, no obligado a demostrar constantemente lo que sabe.

La coordinación entre familia y colegio es especialmente importante. Según cada caso, pueden ser útiles medidas como enriquecimiento curricular, proyectos de investigación, actividades más profundas en determinadas materias, agrupamientos flexibles o ajustes en la forma de plantear tareas y evaluaciones.

En Vita realizamos valoraciones individualizadas para comprender el perfil completo de cada niño o adolescente. El objetivo es identificar sus fortalezas, detectar posibles dificultades que puedan estar pasando desapercibidas y orientar a la familia y al centro educativo para favorecer un desarrollo equilibrado, estimulante y saludable.

Cuando el caso requiera valoración médica, farmacológica o coordinación multidisciplinar, trabajamos en colaboración con neuropediatras, psiquiatras infantiles y otros profesionales sanitarios.

Las pantallas forman parte de la vida de muchos adolescentes: sirven para comunicarse, estudiar, entretenerse y relacionarse. Por eso, el problema no suele ser únicamente cuántas horas pasan conectados, sino qué lugar ocupan el móvil, los videojuegos o las redes sociales en su vida diaria.

Conviene prestar atención cuando el uso de pantallas empieza a desplazar aspectos importantes como el sueño, los estudios, las relaciones familiares, el deporte, las amistades presenciales o el bienestar emocional.

Algunas señales que pueden indicar un uso problemático son:

  • Necesita estar conectado constantemente y se pone muy nervioso, irritable o enfadado cuando no puede usar el móvil, la consola o las redes.
  • Le cuesta parar aunque haya acordado un horario o tenga otras obligaciones.
  • Reduce o abandona actividades que antes disfrutaba, como deporte, lectura, salidas familiares o encuentros con amigos.
  • Tiene problemas de sueño porque se queda conectado hasta tarde o revisa el móvil durante la noche.
  • Baja el rendimiento escolar, deja tareas sin hacer o pierde capacidad de concentración.
  • Utiliza las pantallas como única forma de escapar de la tristeza, la ansiedad, el aburrimiento o los conflictos.
  • Oculta el tiempo que pasa conectado, miente sobre el uso o busca formas de saltarse los límites familiares.
  • Tiene conflictos frecuentes en casa relacionados con el móvil, los videojuegos o las redes sociales.
  • Muestra aislamiento, irritabilidad, apatía o cambios de humor cuando no está conectado.
  • Se expone a riesgos en internet, como contacto con desconocidos, difusión de imágenes íntimas, ciberacoso, compras impulsivas o contenidos perjudiciales para su edad.

No todo uso intenso es una adicción ni todos los adolescentes que juegan o usan redes mucho tiempo tienen un problema. A veces, detrás de un exceso de pantallas hay ansiedad, soledad, dificultades sociales, problemas escolares, baja autoestima o necesidad de pertenecer a un grupo. Por eso, antes de centrarse solo en prohibir, es importante tratar de entender qué función está cumpliendo ese uso.

Suele ayudar establecer normas claras y coherentes, cuidar especialmente el uso nocturno, mantener espacios y momentos sin pantallas —como las comidas o antes de dormir— y ofrecer alternativas reales de descanso, deporte, relaciones y ocio. Pero cuando el problema está muy instalado, las discusiones constantes rara vez bastan por sí solas.

Conviene consultar con un profesional cuando el uso de pantallas afecta de manera clara al sueño, los estudios, las relaciones, el estado de ánimo o la convivencia familiar. En Vita acompañamos a adolescentes y familias para comprender qué está ocurriendo, recuperar hábitos saludables y establecer límites que sean firmes, realistas y sostenibles.

aso requiera valoración médica, farmacológica o coordinación multidisciplinar, trabajamos en colaboración con neuropediatras, psiquiatras infantiles y otros profesionales sanitarios.

Las rabietas forman parte del desarrollo de muchos niños, especialmente en los primeros años. Suelen aparecer cuando todavía no tienen recursos suficientes para expresar frustración, cansancio, miedo, enfado o necesidad de atención. Que un niño tenga rabietas de vez en cuando no significa que exista un problema.

Conviene consultar con un profesional cuando las rabietas son muy intensas, ocurren con mucha frecuencia o empiezan a afectar de forma importante a la vida familiar, escolar o social.

Algunas señales que pueden indicar la necesidad de una valoración son:

  • Las rabietas aparecen casi todos los días o varias veces al día durante semanas.
  • Son muy largas, difíciles de contener o el niño tarda mucho en recuperar la calma.
  • Hay gritos, golpes, agresividad hacia otros, destrucción de objetos o riesgo de hacerse daño.
  • Se producen también en el colegio, con otros familiares o en distintos contextos.
  • El niño parece vivir con mucha irritabilidad incluso fuera de las rabietas.
  • Existen dificultades importantes de sueño, alimentación, lenguaje, atención o adaptación escolar.
  • Las rabietas surgen ante cambios mínimos, frustraciones muy pequeñas o situaciones que otros niños de su edad suelen tolerar mejor.
  • La familia siente que vive en tensión constante o que ya no sabe cómo actuar.

También es importante mirar qué puede haber detrás. A veces las rabietas se relacionan con límites poco claros, cansancio, hambre, cambios familiares, celos, dificultades para comunicarse o necesidades emocionales que el niño todavía no sabe expresar. En otros casos, pueden estar vinculadas a ansiedad, dificultades del neurodesarrollo, problemas de regulación emocional o malestar en el entorno escolar.

La clave no es etiquetar al niño como “caprichoso” o “problemático”, sino entender qué está intentando comunicar con esa conducta. Los castigos duros, los gritos o entrar en una lucha de poder suelen empeorar la situación. Ayuda más mantener límites claros, anticipar cambios, enseñar poco a poco formas de expresar el enfado y acompañar la recuperación de la calma.

En Vita realizamos una valoración individualizada para comprender qué está ocurriendo, orientar a la familia y ofrecer pautas concretas que permitan reducir los conflictos y mejorar el bienestar del niño y de quienes le rodean.

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